A propósito de la programación de los actos de Semana Santa que tantas críticas sucitó en el pasado

Por Ricardo Mejía

Recuerdo que cuando no existía Internet las redes sociales eran  la peluquería de las Garcías, la de don Argiro, la INA (1) , la carnicería del Gordo Heredia, la pastelería del Viudo, el almacén de doña Bernarda, la cola delante de casa de Barbarita para comprar helados,  el atrio de la iglesia y los funerales…

Allí se enteraba uno de todo. El cura escribía en una servilleta  los oficios religiosos de la Semana Santa, los leía durante la misa y al final decía «Palabra de Lalinde, id y propagarla por todos los rincones del barrio». Y prueba de que funcionaba el sistema es que la iglesia se llenaba tanto, que muchísima gente tenía que oír los sermones desde fuera o desde alguna de las cantinas próximas, especialmente la de Juan Dediós por aquello de «de Dios», la favorita de Muñeco y de Chirillas que no se perdían velorio.
También estaba El Paraíso, con muy buenas vistas de la iglesia,  pero aquello era un infierno de borrachos arrepentidos «te juro, Chucho crucificado, que no vuelvo a beber». De todos los sermones a mí, el que más me gustaba era el de las siete palabras por la puesta en escena que preparaban entre el cura, Yeyo y Josesito  con

Foto de Luis Carlos Restrepo

truenos y relámpagos auténticos de Andagoya, que les mandaba  por correo  el obispo de Quibdó para que lanzarán desde detrás del altar entre palabra y palabra, y con nubes negras de ocho cachetes que ellos mismos traían de Caldas en el techo de un bus de escalera. Era tan  sobrecogedor y

foto de Jaime Galeano tomada del grupo Fatima Nutibara

emocionante que yo iba desde por la mañana para sentarme en primera fila. -Padre, ¿me deja? -Sí, culicagao, pero andá y cambiate esos tenis pecuecudos (2) que me espantás al personal. Eran unos tenis Croydon, marrones, que me había prestado Cutupe, el primo rico, para la Semana Santa y que mi amá había tenido tres días en remojo con vinagre y agua bendita… pero nada,  no sé obró el milagro, se trataba de una pecueca (3) resistente como todo lo de Laureles. Al final me tuve que calzar unos guayos número 42 de César, mi hermano. Yo iba por el 36.
El cura se encendía en su oratoria y yo gemía y me decía a mí mismo: «no es justo, no es justo que le hagan eso a Jesús».  El problema era que cada una de las siete  palabras del padre Lalinde duraba  siete horas y una botella de vino de consagrar. Un año estaba aún en la quinta («tengo sed», que era su favorita) cuando apareció por la puerta principal la procesión con Jesús resucitado, ya era domingo… Y le tocó

volver a empezar -Señor, perdónalos porque no saben lo que hacen. ¡Fuera de aquí, bellacos, cómo va a resucitar el Señor si todavía no se ha muerto! grito enfurecido y los mandó a todos, como quinientos,  para la cripta hasta que terminara con su épico discurso y con la agonía del nazareno. Después le susurró a Yeyo al oído: -Cuando estén todos dentro enciérralos con candado. Allí estuvieron los tres días reglamentarios para  que resucitara Jesús, o sea hasta el miércoles de pascua. Si pasa un día más  metido en esa catacumba húmeda que era la cripta se vuelve a morir y se arma otro gran cisma dentro del cristianismo. A los que lo acompañaban en la procesión les fue peor, salieron  oliendo a musgo y con el cuerpo lleno de champiñones.
Otro día les cuento la procesión del viacrucis por el cerro Nutibara, no tiene desperdicio, seguro que muchos la recuerdan.


Notas del editor
1 Asi le decíamos, pero realmente se debía decir el INA porque era el Instituto Nacional de Abastecimiento.
2 Pecuecudos: que tienen pecueca
3 pecueca: Mal olor en los pies

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