¿Incendiarios?

A un año de la muerte de Gabriel, mi hermano, y como un homenaje a su vida de columnista de El Espectador en la columna Gazapera, firmando como Sófocles; de El Colombiano en su columna vista de Lince firmando como Abel Méndez lo mismo que en el diario La Perla del Otún . También escribió para El Taller, firmando con su nombre, queremos abrir esta sección del El Taller con una de sus amenas crónicas y que apareció en la edición #2 de El Taller en 1998

Gabriel Escobar Gaviria, Sófocles, 1946 – 2021

¿Incendiarios?

Por Gabriel Escobar Gaviria

Agradezco el ofrecimiento que me hace el director de este periódico para aportar anécdotas al recuento histórico de nuestro barrio Fátima. La que refiero hoy tal vez está aún en la memoria de muchas personas sobre todo aquellas que viven en el marco de nuestra iglesia.
Donde hoy hay un parque infantil con variados juegos fue por mucho tiempo un lote al que no se le hacía ninguna mejora. Fue allí donde comenzaron los encuentros futbolísticos Fátima-Nutibara. Los menores sospechábamos, por conversaciones escuchadas a los adultos, que ese lote no le pertenecía a la parroquia, razón por la cual ni el creativo padre Cordoba, ni el recursivo padre Lalinde había podido adelantar labor alguna para el aprovechamiento comunitario del mismo.
Un día se confirmaron tales sospechas. Recuerdo: Llegué de la universidad y mis hermanos me contaron que del lote, al frente de la casa de Belisario-¡qué cremas las que allí vendían!- hoy la tienda de Nico, había levantado una caseta de construcción y había echado sepas como para una casa, -¿y el padre que dijo?, -no pues nada, como ese lote no es de la parroquia. Y el padre no dijo nada porque se trataba del bondadoso padre Álvarez. Todo dulzura y mansedumbre; ¡pero hay si hubiera sido en tiempos del padre Lalinde!, todavía estarían buscando los bultos de cemento en los profundos infiernos.
Incrédulo me dirigía al sitio acompañado de mi hermano Jota. Y si, allí estaban esas cepas desafiantes, para iniciar la construcción de unos muros y de una casa que por donde se le mirara heriría la hermosura de la iglesia- algún día podríamos elegir entre atender la misa o enterarnos de la vida familiar de aquella vivienda. La torre nos proporcionaría varios palcos para seguir de cerca, cual telenovela en vivo, el drama familiar de sus ocupantes.
Absorto me encontraba en esos pensamientos cuando escuche a mi lado una voz que hoy no está con nosotros y que me preguntaba mi parecer con tono de que el suyo no era muy agradable. Era mi amigo Antonio Roldán Betancur. En aquellos días andábamos por los 22 años y lejos estábamos de adivinar la exitosa y corta carrera que el destino le depararía. Él y yo éramos los amos del micrófono en la parroquia pues desde hacía cuatro años nos turnábamos para leer la epístola y no había bazar que no animáramos desde las famosas casetas de las dedicatorias. La idea nos vino a ambos al mismo tiempo, nos miramos y nos comprendimos. Teníamos que reunir a la gente y para eso usaríamos el micrófono de la iglesia. No, no le pediríamos permiso al padre Álvarez pue no nos lo daría.
Iban a ser las ocho de la noche y don José Betancur, el sacristán, no había terminado de cerrar la iglesia por cuanto faltaba el toque de Ánimas que se hacía a dicha hora. El destino nos hizo subir por la rampa y allí encontramos a Fabio Zapata, el hijo de don Rafael, que esperaba a que fueran las ocho para hacer el llamado a la plegaria por las ánimas, como acostumbraba reemplazar a don José en esa labor_ Fabio, le dijimos, arranque a predicar en estos diez minutos que faltan para las ocho, dé el toque ánimas y después repique cinco minutos más.
Fabio no nos preguntó por qué le pedimos eso. Inteligentemente comprendió que ante tan inusitado toque la gente saldría a ver de qué se trataba. Llegamos hasta la sacristía y mientras yo le explicaba a don José que nosotros cerraríamos el templo, Antonio prendió el amplificado y comenzó con las arengas. Nuestras consignas fueron inofensivas pedíamos a nuestros cohabitantes que reflexionaran y se opusieran a esa construcción porque ese espacio lo necesitábamos para un parque infantil en el que jugarían nuestros hijos (todavía no los teníamos)
Cómo se apropiaría la parroquia de ese no era nuestro problema, esa era cuestión de adultos y nosotros apenas estábamos aprendiendo a serlo, para eso estaba don Enrique Toro, mayordomo parroquial. Desde la sacristía no veíamos lo que en la calle sucedía, pero por lo que pasó después nos enteramos de que tanto las campanas como nuestras voces lograron el objetivo, la gente ser reunió, y deliberó y obró.
Seguíamos con nuestras consignas cuando entró el padre Álvarez por la nave central de la iglesia entre trotando y corriendo hasta llegar a la sacristía. Escobarito  – me dijo – no siga con eso que abajo está la Policía preguntando quienes son los que hablan por micrófono, no demoran en subir. Váyanse por la puerta de debajo de la sacristía, ésta es la llave. Antonio y yo no comprendimos por qué la Policía se habría de disgustar porque nosotros llamáramos a  la feligresía para que opinara sobre una construcción. Lo que no sabíamos era que la feligresía ya había opinado y en ¡qué forma!
Obedecimos y salimos por la pueta de abajo, la que da frente al negocio que era de Juan de Dios y nos dirigimos a donde estaba la gente. Quedamos asombrados al ver desde antes de llegar a la casa de los Culembias un resplandor de una llamarada inmensa: la caseta estabe en llamas; el cemento fue esparcido para que las bolsas ardieran, al celador le permitieron sacar la herramienta y sus pertenencias, Antonio y yo nos confundimos con la gente que miraba el espectáculo, mientras, mientras nos reprochábamos esa acción que estaba muy lejos de nuestra inofensiva intención.
Una cosa aprendimos aquella noche: la masa es un animal irracional.
Lo que siguió después fue cosa de adultos: el padre y don Enrique arreglaron con la propietaria del lote en términos no desventajosos para nadie. Hoy hay un parque infantil donde jugaron mis hijos mientras fueron niños.

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